I
Antoine, era un joven de una silueta extraña, a veces parecía ser tan solo un niño, y otras tantas al verlo caminar con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, un diablo que deambula perdido en el mundo, todo dependía del brillo en sus rasgados ojos marrón. Tenía un cabello hermoso, con finas hebras de un suave color marrón un poco más oscuro que el de sus ojos, como cuando se vierte el chocolate recién derretido , era tan liso y dócil como fibras de seda, y por lo general caía sobre su frente de manera graciosa y sutil. Su rostro era absolutamente simétrico, su tez blanca, sus cejas como si hubiesen sido dibujadas una por una en un orden alterado a propósito para hacerle ver más varonil, una hermosa nariz recta que caía en una boca de labios gruesos y rosados, para terminar en un disimulado mentón. Podría ser una descripción un tanto común para un joven atractivo, sin embargo, un detalle hacía que su belleza no pudiera ser clasificada, incluso a veces de pensarlo, belleza ni siquiera era la característica que se predicaba de su rostro, cuando Antoine miraba fijamente a las personas que le rodeaban, las demás personas, incluso las osadas, involuntariamente se veían forzadas a mirar al suelo, como si evitaran leer un mensaje que por cierto, presentían no querían conocer. Sus ojos, parecían tener vida propia.
II
Una noche se colocó a caminar en la dirección opuesta a la que había planeado. Cuando intentó pensar, se dio cuenta de que solo podía describir lo que veía, era como una vídeo cámara grabando una serie sucesiva de cuadros que pasaban ante sus ojos y que se conectaban fielmente en su cabeza sin la más mínima variación que pudieran causar sus apreciaciones. No habían sensaciones, ni pensamientos, no había nada, siempre era así, no acudían adjetivos, ni verbos a su boca, solo sustantivos, siempre comunes.
III
Una tarde de abril, saliendo del liceo, iba pensando en algo que alguien había gritado en el camino dentro del tumulto de personas que se formaba a esa hora, en la que todos corren por llegar a casa. Se paró con las manos en los bolsillos junto a una amiga que hablaba con alguien más, puso atención a la conversación que era una charla contingente y común en días de descontento y disturbio social , escuchó a la joven de ojos convincentes hundiendose lentamente en sus palabras.
- Anne, no me gusta las cosas que dices, mañana hay que venir a clases igual, tú tienes parte del trabajo del martes, y yo no quiero entregarlo tarde, lo sabes bien, o lo traes o tendré que ver otro grupo-, Anne contestó con la misma actitud segura que venía cultivando desde que vio su capacidad de convencer al público, -Has como quieras, pero mañana no vendré, escuché argumentos de una asamblea, en la cual por cierto hice efectivo mi derecho de hacerme parte, e incluso ejercí mi derecho de hablar dentro de ella, escuché a otros, reflexioné y al fin, cuando culminó en una votación, después de haber seguido todos los pasos propios de una democracia, me hice parte de la decisión mayoritaria, porque mi libertad me permitió exponer mis argumentos y escuchar los de otros alumnos libres, haré a mi libertad una con mi respeto, y cumpliré la decisión que bajo un proceso correcto fue adoptada, aún cuando no coincidiera con la mía. Marice, lo siento, pero si me ves llegar mañana, no solo me miento a mi y a mis ideales, sino también defraudaré al amor de mi vida, que si es cierto que las almas se reencarnan, puede andar por ahí esperando a verme, y yo que ya le conozco a través de Platón, no podré corresponder a su amor con una actitud tan poco honrosa. En fin, que estés bien, ya me voy.- Marice la siguió ofuscada, pensando que Anne desde que estaba sumergida en los famosos libros de filosofía hablaba de cosas que ella ya no entendía, y que no le interesaba entender.
Antoine, las seguía a ambas, pero caminaba ya casi en el aire, iba como bajo hipnosis por la calsada y ya ni siquiera recordaba porque caminaba, solo seguía a la joven que recién había escuchado hablar, y pensaba si era verdad que las palabras pronunciadas eran "democracia", "libertad", "Platón", y todas venían de una misma persona de su misma edad, escuchó a Marice a lo lejos dirigiéndole exaltada unas cuantas palabras en las que no pudo pensar ni hilar. De pronto le dijo a Marice que ya estaba cansada de hablar sin recibir respuesta.- Marice, está oscuro, acompañemos a tu amiga hasta la avenida, luego nos vamos a casa-. Todo esto lo dijo ya lejos de Marice, ya cerca de la joven, que desde entonces para él, se llamaba Anne.