I
Antoine estaba detenido sobre las baldosas de la plaza, aquellas que hacían un zigzagueante caminito hacía la vieja calle principal. Ahora, aquel lugar que en otro tiempo fuera una añeja combinación entre gris y amarillo desteñido, relucía recubierto de flores y nuevos árboles, exhalando un aire renovado y un ritmo pausado, invitando a un placentero paseo por el pasado de la ciudad.
El sol se estaba poniendo, y Antoine hacía calzar figuras en las sombras que se hacían en el suelo y en las paredes, por efecto de las viejas ramas que se movían al son del viento, siempre encontraba tortugas y pájaros. Miró el reloj y se percató que eran las siete menos diez, Anne no se divisaba por ninguna parte. Se colocó las manos en los bolsillos y volvió otra vez en su divagar, pero apenas se podía concentrar, era las siete con cinco y Anne no se veía venir, ni siquiera en otra dirección, ya había mirado en todos los pasajes que su posición le permitía ver. Pensó por un instante en llamarla, pero su alarma fue mayor al notar que no tenía el teléfono consigo, así que al menos cien ideas de presuntos avisos, disculpas y situaciones trágicas pasaron por su cabeza antes de que sacara la mano de su bolsillo y se percatara que Anne respiraba justo detrás de él y que ya se inclinaba en puntillas tras su silueta. Un beso en el cuello bajo la nuca lo desconectó por un momento de todo lo que lo rodeaba.
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