Para Anne la vida tenía otra oportunidad, había nacido, había vivido y yació en su muerte. Pero la vida le había dado una nueva oportunidad. Siempre estuvo molesta en su vida anterior, porque sentía muchas cosas, y cada una de ellas las sentía aún más de lo normal, fue cultivando en su interior un profundo rencor por las circunstancias que la acompañaban, porque sentía que aquellas que no podía elegir la habían marcado de forma definitiva, porque su vida no era un abanico, sino una línea, un trazo marcado, con cosas buenas y malas, pero escritas por otro autor, uno ajeno a su imaginación, lejano y desconocido. Alguna veces la vida le dio lo que pedía, pero siempre sintió que no podía escribir su historia, y que incluso aquello que deseaba estaba dentro del plan, siempre se sintió muy consiente, viendo su vida pasar, con un rol secundario, jamás la vivió.
Antoine fue el único que por algunos segundos le hacía olvidar su tediosa tarea de tomar notas de su propia vida, a veces la hacía sentir como en su propio hogar.
Estaba feliz de su paso por la vida junto a él, en algunos pasajes. No quiso recorrer lo oscuros. Una vez que se levantó y abandonó su propia muerte, Anne recordó llevar consigo una sonrisa, la vida escrita yacía en el papel.
Tenía 27 años, Anne tan solo tenía 27 años, pero su conciencia vivió por ella como si hubiesen sido 100. Los sentimientos la abandonaron, en el vacío, que no sentía ya, su sonrisa era algo que venía con ella, igual que su pelo, recordó sentimientos sin sentirlos y se sintió hecha de un nuevo material, todo lo vio, pero no pudo explicar nada, todo se sostenía en el aire y ya parecía la historia de alguien ajeno, el rencor también se había ido. Vivió lo que debía vivir, sintió lo que era necesario sentir, conoció a quien ella había elegido conocer, fue pequeña, mediana y muy grande, ya había vivido y eso fue todo.