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lo más importante

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Si pasara mi vida delante de mis ojos...

jueves, 14 de julio de 2016

Ni Anne, ni Antoine.

Nos encontramos por casualidad haciendo trámites, cuestiones cotidianas, fue en el banco situado al término de esa alameda muy parecida a Av. libertad. Cuando salí estaba lloviendo con ritmo constante pero no fuerte ni suave, era sólo la lluvia que puedes esperar, nada especial. No recuerdo muy bien que ocurrió en el banco, pero tengo la sensación de que nos saludamos como todas las personas, -e incluso- con un poco de gusto, ningún sentimiento complejo acudió, ni dolor, ni ansiedad, ni incomodidad, sólo había una neutralidad, casi como transparencia, muy agradable. En el fondo, lo agradable era no sentir nada que no sintiera por cualquier conocido. Decidida y cubriendo mis papeles tomé rumbo al sur por esa alameda, el plan era tomar un taxi lo antes posible, de pronto te sentí acelerando tras de mí  para compartirme tu paraguas. Hasta ahí, creo que sólo afloró mi incomodidad de ser una molestia para alguien más, pero esa sensación ya la tengo medianamente controlada, así que lo acepté con el fin de no mojar mis documentos.
Cuando creces la lluvia ya no suele ser tan entretenida, al menos no cuando ya no estás tras una ventana observando. Fue entonces, bajo el paraguas, cuando el semáforo cambio a verde, que comenzó el diálogo. Creo que tú si tenías un grado de incomodidad o algo te ocurría, pues tú quisiste ayudarme con la lluvia pudiendo evitarme, pero considerando que el ambiente era normal puede que fuera un acto de solidaridad cotidiana simplemente. Hablamos de nuestros trabajos, el mío era simple, era como alguien encargada de los mandados al parecer y tú hacías lo mismo, pero tenías como tres trabajos además  de ese, hablabas animado de todas formas o, no te quejabas, pero yo pensaba que no te iba tan bien, en verdad  ninguno de los dos era tan exitoso si tenía que sortear así la lluvia. Entonces, yo dije algo acerca de que muchas de las cosas malas que nos ocurrían simplemente pasaban en nuestras vidas, no habían culpables, yo no pensaba en algo en particular, y era sincera al respecto, pero supongo que mis palabras despertaron en ti la conciencia sobre algunos de nuestros desafortunados momentos, y dijiste que no todas las cosas suceden así, sin culpables. Lo dijiste mirando al suelo y tu semblante se veía culposo y cansado. Así que,  yo dije lo mejor que nunca pude haber dicho en ese momento, que si lo pensabas bien, efectivamente no había a quien culpar, pues nadie nos había enseñado a elegir, simplemente crecíamos haciéndolo, y a nadie se le puede culpar por eso. No sé si te sentiste mejor, pero yo me sentía liviana y la lluvia caía más lentamente, me sentía cómoda y libre. Te había dicho que sólo eran dos cuadras y podría tomar alguna micro, pero dijiste que trabajabas muy cerca que te acompañara, te animaste en ello, así que lo hice. Me ofreciste café y presentaste a tus compañeras de trabajo,  mientras observaba el monótono lugar, tomé conciencia de mí, estando de pie en la escena sosteniendo el café con ambas manos sentí como cambió la atmósfera. Luego de ello, acudió a mí una sensación de desesperación, una suerte de alerta interna, todo me indicaba que tenía que salir de ahí,  de pronto  todo a mi alrededor se sentía abrumador y pesado. Dije que tenía que irme, y me traté de despedir amablemente pero todos querían acompañarme a la micro. Mientras intentaba salir de tu oficina despedí secamente a una de tus compañeras de trabajo, la otra siguió con nosotros, pero yo sentía la presión de una cuenta regresiva, así que antes de cruzar la primera calle despedí a la segunda mujer, tú te adelantaste y esperabas desde el frente con mi bolsa de documentos y un paraguas. Así que crucé y me despedí de ti, noté que retuviste un leve instante mi bolsa, en ese instante, en ese sólo instante, antes de que pasaran un millón de cosas, un grito interno ensordecedor dijo, sal de aquí! Y sentí el peso de una cortina de angustia, oscuridad, perdición y ahogó pendiendo sobre mí, si yo dudaba en ese momento junto a ti, no iba a salir nunca más de ese lugar. Así que, te arranqué la bolsa de las manos, dije adiós y caminé a paso firme bajo la lluvia, dejándote tras de mí. No miré hacia atrás, me sentí como la mujer que se podía convertir en sal. Luego de eso, desperté, y en la realidad tuve dos sensaciones: la primera fue de paz, la segunda, una mezcla de agradecimiento y de terror, sentí que estuve expuesta a un grave peligro, que podía volver a suceder. Fue así como te despedí después de 9 años en mi vida, te perdoné. También a mí. 
En cuanto al sentir, pienso que  el sueño se trató también de una advertencia, pero sin duda, ya no te amo y te dejé ir.

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