Por la noches solía preguntarse dónde estaba Antoine, por qué no renovaba su promesa de no dejarla ir nunca, y le extrañaba con cada parte de su ser, más no cogía el teléfono, ni buscaba nada de él en la computadora, le enviaba un mensaje con el alma, tal como se llama a los muertos, pues desde el día del eclipse ya no podía, ni tenía el derecho de llegar a él a través de ninguna forma humana. Anne solo quería darle un mensaje, pero sabía que el único Antoine que querría recibirlo, era el Antoine que vivía en ella, era todo lo que quedaba de él, el vivo recuerdo que se encendía en ella, cada atardecer, con el viento en otoño, en primavera, con la noches estrelladas de verano. Y a pesar de que estas palabras hablan de muerte, de distancia, de limites, ninguna de ellas se siente en verdad como un final, porque Anne sigue sintiendo, y Antoine, aún está vivo, sea quien sea ahora, alguna vez fue el joven que la amo antes del eclipse, y en algun momento el circulo que cerró ese día o el circulo que se abrió ese 15 de octubre, traerá un nueva historia, una que complete esta y aquella, y que permita sentir un fin en Anne y en Antoine.
El que no sabe llevar su contabilidad, por espacio de 3000 años se queda como un ignorante en la oscuridad, y solo vive al día. Goethe.
lo más importante
Si pasara mi vida delante de mis ojos...
lunes, 29 de abril de 2013
Trazo circular
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martes, 16 de abril de 2013
La partida.
Ya no habían más sonidos a su alrededor, ya no veía a nadie, ya no sentía nada más. El Sacerdote pronunciaba cosas inteligibles, la miraba cuando pronunciaba una oración, y luego volvía la vista al féretro con la misma compasión que le rendía a ella.
Ante sus ojos nublados, en una caja de madera, ya no yacía nada, ya no había nada por lo que permanecer ahí, porque eso era lo que hacía brotar el dolor que la había hecho perder todo sentido, que frente a ella ya no había nada. Ahora estaba más sola que nunca en el mundo, ya nadie nunca más volvería a dar su vida por ella, ya nadie la defendería con fe ciega, ya nadie la aceptaría tal y como era, a veces como un ser frágil que lucha por ser mejor, otras más como un monstruo cegado por la ira. Su padre, desde que la vio nacer la amo, y la quiso hasta el último respiro, hasta la última vez que pudo ver el mundo antes de partir. Anne lo sabía, y ya nada, ni nadie podrían sacarla más de aquella caja de madera, en la que no yacía su padre, sino ella sin fe en sí, y sin fe en que alguien pudiera irradiarla, pues el único hombre que había creído en ella en el mundo ya no estaba nunca más.
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jueves, 4 de abril de 2013
24 de Abril.
No habían razones para caminar rápido o lento, no habían motivos para dirigirse a ninguna parte. Anne simplemente sacó su libro conteniendo una idea con la intención de que las lágrimas no brotaran de ella sino del papel. Comenzó todo escribiendo una fecha ficticia, porque siempre creyó que confundir un poco a su memoria terminaría por hacerla olvidar todo con tiempo, y esa era la razón que la llevaba a escribir, olvidar.
"24 de Abril. Por la tarde fuimos caminando hacia la calle donde se vendían delantales, el mismo local que habíamos descubierto frente a la pastelería que tenía una torta gigante de fantasía en la vitrina principal , y aunque así no hubiese sido, simplemente estaríamos juntos, riendo, perdiendo el tiempo, disfrutando de la presencia del otro, pero Antoine estaba disperso. Le pregunté muchas veces cosas absurdas para ver si entendía que no quería respuestas, pero seguía la conversación con las más elocuentes respuestas, no quería dejar espacio para los silencios, y yo sabía que él siempre les temía. Tuve el impulso de abrazarlo, siempre lo tengo, pero este último guardaba resabios de angustia y temor. Cuando lo abrasé esta vez, la realidad se hizo presente, y ya no lo sentí a él, sino que aquel frío y temor recobraron forma en un hombre sin expresión, en un cadáver. Lo seguí abrazando a pesar de todo, pero ya sabía que no estaba ahí, algo, a lo que temo tanto como a la muerte, lo tenía muerto por dentro, le había cerrado los ojos y los labios, ya no estaba ahí. Luego, cuando dijo: "ya tenemos que irnos", supe sin necesidad de confirmación que ya no era bienvenida ni esperada, ya estaba sola, y debía caminar como pudiera en dirección a algo conocido y familiar para que alguien me encontrara si ya no quería caminar más".
Terminó de escribir y las letras se comenzaron a derretir en un charco negro que pareció teñir la totalidad del libro, no sabía de donde venía el agua, pero un trueno le avisó que ya era de noche, que no estaba cerca de casa, que no sabía donde estaba y que el día 24 de abril era en realidad un 30 de julio.
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