Por la noches solía preguntarse dónde estaba Antoine, por qué no renovaba su promesa de no dejarla ir nunca, y le extrañaba con cada parte de su ser, más no cogía el teléfono, ni buscaba nada de él en la computadora, le enviaba un mensaje con el alma, tal como se llama a los muertos, pues desde el día del eclipse ya no podía, ni tenía el derecho de llegar a él a través de ninguna forma humana. Anne solo quería darle un mensaje, pero sabía que el único Antoine que querría recibirlo, era el Antoine que vivía en ella, era todo lo que quedaba de él, el vivo recuerdo que se encendía en ella, cada atardecer, con el viento en otoño, en primavera, con la noches estrelladas de verano. Y a pesar de que estas palabras hablan de muerte, de distancia, de limites, ninguna de ellas se siente en verdad como un final, porque Anne sigue sintiendo, y Antoine, aún está vivo, sea quien sea ahora, alguna vez fue el joven que la amo antes del eclipse, y en algun momento el circulo que cerró ese día o el circulo que se abrió ese 15 de octubre, traerá un nueva historia, una que complete esta y aquella, y que permita sentir un fin en Anne y en Antoine.
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