Ante sus ojos nublados, en una caja de madera, ya no yacía nada, ya no había nada por lo que permanecer ahí, porque eso era lo que hacía brotar el dolor que la había hecho perder todo sentido, que frente a ella ya no había nada. Ahora estaba más sola que nunca en el mundo, ya nadie nunca más volvería a dar su vida por ella, ya nadie la defendería con fe ciega, ya nadie la aceptaría tal y como era, a veces como un ser frágil que lucha por ser mejor, otras más como un monstruo cegado por la ira. Su padre, desde que la vio nacer la amo, y la quiso hasta el último respiro, hasta la última vez que pudo ver el mundo antes de partir. Anne lo sabía, y ya nada, ni nadie podrían sacarla más de aquella caja de madera, en la que no yacía su padre, sino ella sin fe en sí, y sin fe en que alguien pudiera irradiarla, pues el único hombre que había creído en ella en el mundo ya no estaba nunca más.
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